sábado, 16 de diciembre de 2017

1233.- ALIRIO RAMIREZ MOGOLLON, Promotor de las artes escénicas en N. de S.



Luis Arturo Melo



Nota de La Opinión.- Los títeres y los escenarios teatrales en Norte de Santander, hoy ya no cuentan con Alirio Antonio Ramírez Mogollón, uno de sus exponentes y quien era conocido en el mundo artístico como Trapitos, nombre que adquirió en los años 80 durante la adecuación de una escenografía, por un aspecto desarreglado y vestimenta llena de pintura de esta locación.

A sus 57 años, una enfermedad lo venía aquejando, pero su amor por el arte, las risas y los aplausos le impedía retirarse de los escenarios, solo hasta el 5 de junio de 2017, tras su paso por cuidados intensivos, se conoció su deceso en un centro médico de Cúcuta.

“Trapitos”, quien se formó en el Instituto de Cultura y Bellas Artes de Cúcuta, contaba con más de 30 años de actividad artística, especialmente en comunidades vulnerables, impulsando campañas en valores y convivencia por medio de los títeres.

Fue cofundador de uno de los primeros grupos independientes de títeres de teatro, conocido como “Títeres Periquito Periquín”, fue el primer director de la Casa de Cultura El Tarra y, en los últimos años, se desempeñó como gestor y promotor de las artes escénicas del departamento. La Gobernación de Norte de Santander y la Secretaría departamental de Cultura, lamentaron profundamente su fallecimiento.


Me hice amigo de Alirio en los años ochenta, era trabajador de la empresa de Acueducto y Alcantarillado de Cúcuta y yo asesor jurídico. La carga prestacional de 650 trabajadores era asfixiante.

Nos trazamos la estrategia de conciliar los dos intereses y pasé al lado de ellos en el manejo del Derecho colectivo. Fue la persuasión más larga en la que me he visto envuelto, con dos líderes sindicales a quienes en esta misma columna les rindo el tributo que se merecen Edgar Patiño Antúnez y Martín Alarcón.

A los diez años los abandoné por razones de estudio y de trabajo fuera de la ciudad. A mi regreso, la conciliación de intereses dio fruto y se llegó a la solución actual que transformó la empresa industrial de acueducto y alcantarillado en EIS CUCUTA SA ESP con la acertada visión de Ramiro Suárez Corzo, algunas de cuyas ideas a esta hora han sido burladas.

Alirio, a quien cariñosamente llamábamos Trapitos era un romántico soñador de esa izquierda silvestre que espontáneamente florece en el yermo colombiano.

Teníamos unas afinidades de amistad que se desenvolvían en derredor de Luis Bernal y Carlos su hijo, inmolado por esta violencia atroz que ha desangrado a Colombia desigualando y excluyendo a los de abajo como en la novela mejicana.

Y de esas amistades que tenían multiplicador, surgía esa característica unidad y solidaridad clandestina que se desahoga en el arte, en el humanismo, en la filosofía y en la docencia. Trapitos era un autodidacta integral, agresivo y librepensador, que en el instante de defender sus convicciones, se transformaba en el energúmeno más decente que en mi vida he conocido.
  
Entraba como Pedro por su casa por varios claustros universitarios de la ciudad, especialmente a la jornada nocturna de la Universidad Libre y a veces en mis asignaturas encargadas era el más severo contradictor sin ser alumno, sobre todo en la de ciencia política de los primeros años. Hubo un periodo en que su asistencia era mejor que la de los matriculados, en la época que Carlos Bernal era nuestro estudiante preferido.

Nunca ocultaron su militancia, ni los objetivos de su causa, en momentos en que arreciaron los embates de la reacción de fin de siglo y de comienzos del presente y que culminó con el sacrificio de Carlos.

Pero Trapitos, que era un ser inerme, tenía una devoción meticulosa por la historia universal, por temas específicos como la Revolución de octubre y la Mejicana, que yo siempre he presumido de manejar por el sabor latinoamericano de las frustraciones y de las decepciones.

Trapitos conocía hasta los corridos y con quien alternaba hasta los “tarariaba”. Me sorprendió su muerte, pues día por medio hablábamos a la entrada de la EIS. Hacíamos un hueco, pues charlábamos hasta una hora.

Un día me preguntó  sobre el llamado teatro arena brasilero y me corchó. Lo mismo que con algunas preguntas históricas cuando entrabamos en clase a los temas de los socialismos utópicos de Luis L´eblanc, de Proudhom, de Owen, de Fourier.

Ya entre amigos me trataba duro a veces, diciéndome neoliberal y reaccionario disfrazado de marxista. Pero como todo lo arreglaba con sonrisas, archivábamos la disputa y seguíamos la amistad.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 14 de diciembre de 2017

1232.- AÑO 1835, BUSCANDO UNA SEDE

Carlos L. Vera Cristo

Palacio de Justicia Francisco de Paula Santander, sede del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cúcuta y del Tribunal Administrativo de Norte de Santander, del Área metropolitana de Cúcuta y la Fiscalía General Seccional Norte de Santander.

Inevitablemente el tema trae a quienes ya éramos algo más que adolescentes por entonces una sensación de juguetona nostalgia. Me recordé como si fuera ayer cuánto se divertía mi padre, refutando los argumentos vehementes con que a los 12 años yo defendía que Cúcuta tenía más derecho que Pamplona a ser sede del  Tribunal Superior del Distrito Judicial.

Para todo el que se sorprenda por tanta precocidad legal, diré que el argumento era frecuente entre los amigos médicos y abogados que frecuentaban nuestro ambiente familiar. Y naturalmente desembocaba en una discusión similar sobre dónde debería estar la sede episcopal, que también ostentaba Pamplona.

Me refiero a la crónica No. 1175, escrita por Carlos Eduardo Orduz en el interesantísimo blog CRÒNICAS DE CÚCUTA, que recopila Gastón Bermúdez. Blog que creo ya es referencia obligada para quienes quieran conocer la historia de nuestra ciudad. La 1175 versa sobre la historia del finalmente logrado Tribunal Superior  del Distrito Judicial de Cúcuta y ha originado diferentes inquietudes sobre los temas de las sedes en los lectores que la comentan.

Desde el comienzo, el autor de la crónica deja entrever lo extraño de que se hubiera preferido a Pamplona para ser sede de dos de las más importantes instituciones departamentales, que casi siempre están situadas en la ciudad capital. Y con picaresca que me hace sospechar que es pamplonés, la termina con la famosa amenaza del respetado canónigo Rafael Faría, cumbre humanística de la diócesis de Pamplona de la época. Quien, ante la insistencia de Cúcuta para quedarse con el Tribunal Superior y aprovechando el hecho de que el río recibe, antes de salir para Cúcuta, las cañerías de la ciudad mitrada, sentenció: “Si los cucuteños siguen molestando, le cambiamos el curso al Río Pamplonita para que tengan que ir a comer miércoles a otra parte.” 

Con añoranza sincera, me gustaría compartir un comentario que dirigí a don Gastón Bermúdez con la esperanza de contribuir al tema. 

Apreciado Gastón: Interesantísimo lo que se ha anotado sobre el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cúcuta. Aún recuerdo la risa que les causó a los estudiosos e intelectuales pamploneses la ocurrencia del Padre Faría, autor de un reputado libro de religión que estudiábamos durante el bachillerato de los años 50 y 60, siglo XX. Ahora bien, peor por ejemplo, les va a los de Manaos que tienen que recibir igual sustancia de Iquitos y de Leticia; de manera que el asunto no es para tanto.

Desde luego los pamploneses estaban muy molestos porque el tribunal cucuteño le quitaría importancia al pamplonés. Pero como el desarrollo exige, era apenas lógico que se creara ese Distrito Judicial, así ello molestara a los cultos pamploneses. Entre los cuales estaba mi padre, quien debo reconocer que a pesar de mis escasos 23 cucuteños años, me aceptó que no podía haberse obrado de ninguna otra manera.
  
Por haber sido bautizado en Pamplona, otra hubiera sido mi actitud si se hubiese pretendido quitar la sede episcopal a la ciudad mitrada. Pero esto por fortuna ya era más difícil y desde luego innecesario teniendo en cuenta las diferencias que hay entre lo mundano y lo espiritual. Lo cual lleva a analizar la cuestión de por qué le dieron la sede episcopal a Pamplona.

Yo viví allí en 1948, teniendo el honor de estudiar en el Liceo del niño Jesús de Praga, de Doña Luisa María Cortés, que pocos años después don Gastón Bermúdez honraría con su presencia. Y en mis primeros 30 años de vida nunca dejé de pasar gran parte de las vacaciones en la noble ciudad. Recuerdo de ella, dada la exquisita cortesía y calidez humana de sus pobladores, y más aún de sus pobladoras, épocas tan felices (¿quizás más?) como las vividas por entonces en Cúcuta.

Buscando el porqué de los hechos que llevaron a la escogencia de sede, hay, que recordar que la historia no comenzó en el 2017, ni en 1960, ni siquiera en 1948. Parece que se ha expresado la duda de si Pamplona fue antes que San José de Cúcuta, así que es del caso repetir los años respectivos de fundación: Cúcuta, hacia 1733 y Nueva Pamplona (para no confundirla con la española) hacia 1.555.

Pero además, cuando Guasimales todavía no sería de Doña Juana, y probablemente no habría ningún blanco por su territorio, ya las autoridades coloniales habían definido el territorio de Nueva Pamplona como parte de la Provincia de Tunja, una de las primeras en la Nueva Granada. Y ya por esa época la ciudad principal de dicho territorio tenía convento de monjas de clausura, para no hablar de parroquia, a la cual como no hace mucho nos indicaron los historiadores de "Crónicas de Cúcuta", pertenecería el caserío de Cúcuta.

De manera que en 1835 cuando fundaron la diócesis, hubiera sido muy raro que Cúcuta, a pesar de su constante progreso, hubiera tenido mucha posibilidad de haber sido escogida.

En mis primeros 18 años, no imaginé ningún obispo distinto de monseñor Rafael Afanador y Cadena, santandereano, que lo fue de 1916 a 1956, por mucho el más largo período entre sus pares de la diócesis. Era un  hombre de aspecto y porte extremadamente bondadosos, muy querido por sus feligreses. En la época en que yo frecuenté y gocé esta entrañable ciudad, el cabildo canónico  estaba constituido por eminentes y sabios sacerdotes: el mencionado Faría y los monseñores Sarmiento y Cortés entre muchos otros, así como literatos del estilo del padre Grillo, rebelde y dizque hasta liberal en esa época.

La diócesis era tan extensa, que luego cedió terrenos para las diócesis de Socorro y San Gil, Barrancabermeja, Tibú, Cúcuta y otras prefecturas que fueron convertidas en diócesis. Su merecida promoción a arzobispado le devolvió jurisdicción sobre algunas de ellas. Varios de sus arzobispos fueron después insignes líderes de la iglesia nacional, incluido el antioqueño Aníbal Muñoz Duque, que llegó a primado de Colombia y creo que a cardenal.

Siendo yo universitario que daba unas charlas en Pamplona sobre las bondades de la justicia social predicada por León XIII, monseñor Afanador y Cadena me hizo el honor de abrir la puerta del balcón principal del palacio y mostrarme desde allí la plaza Agueda Gallardo. Me han dicho que algunos preguntaban quién era el prelado que estaba ahí conmigo, pero no me consta.

Se ha mencionado que el hecho de que la carretera Cúcuta-Pamplona no llegaba a esta última ciudad, pudo influir en la escogencia. Lo creo muy dudoso. Desde la colonia existía uno de los primeros senderos nacionales, el camino real en el centro-oriente del Nuevo Reino de Granada, que permitía transitar sin interrupción de Bogotá a Caracas, pasando por Tunja, Soatá, Pamplona, Cúcuta y Mérida. Bolívar lo transitó varias veces.

Según me contaban los mayores, la carretera Central del norte (también llamada Troncal del Norte) fue construida siguiendo los trazos de ese camino. La ordenó Don Tomás Cipriano de Mosquera siendo presidente por 1846, (pocos años después de la creación de la diócesis de Pamplona) pero la empezó a cristalizar el general Rafael Reyes hacia 1916, por tramos independientes iniciados en cada una de las regiones que surcaba, o sea Cundinamarca, Boyacá, Santander, etc… 

En ese año el tramo de Cundinamarca ya estaba prácticamente hecho, y se habían iniciado otros, incluido Cúcuta-Pamplona, que no estaba terminado, lo que confirma que la carretera en sus inicios no llegaba hasta Pamplona.

Pero esto fue como ochenta años después de fundada la diócesis, hecho que ocurrió cuando el camino real unía todas las regiones sin ningún problema. Sospecho que este camino era mejor de lo que, al menos hasta hace unos años, estaba la mencionada troncal, muy venida a menos tras la adecuación de la vía a Bogotá por Bucaramanga, hacia finales de los cincuenta.

Quizás algunos recuerden, como yo, que sus padres o abuelos les hayan contado que  el tren de la frontera llegaba solamente hasta el Diamante. El camino de su carrilera persistió, entre la finca que se llamaba "La Armenia" y puente Raizón. Conozco los datos porque en esa finca pasábamos vacaciones de muy niños en compañía de los Casas, del inolvidable médico doctor Pablo E. Casas. Su hijo mayor y gran amigo y ciudadano, acaba de morir.

Me los contaron los dueños de la finca, Don Julio Vale Villar y su esposa Aurora, venezolana pariente del obispo de Mérida y del ministro de educación de don Juan Vicente Gómez, antes de que yo naciera, desde luego. Digo que el pariente de doña Aurora era ministro antes de que yo naciera, no que me los contaran antes de que yo naciera.

Además, me los contaron los campesinos viejos de la zona y mi padre.  Años después, hasta la década de los treinta, la carretera también por bastante tiempo solo llegó hasta El Diamante.

Entre viejos papeles, encontré un artículo del periódico El Tiempo, firmado por  Félix Leonardo Quintero, de septiembre 1 de 2002, en el que hay referencias de mucho interés sobre  las primeras vías entre Bogotá y Venezuela. Existe además una especie de manual del departamento sobre esta carretera troncal, en el que seguramente se pueden comprobar los datos.

Yo lo leí hace años, porque esa carretera me es muy querida, puesto que la transité en 1958 en el carro de la gobernación del Norte de Santander, cuando mi padre nos invitó con mi hermana Nena a acompañarlos a él y a su secretario de obras públicas  el doctor Germán Hernández, distinguido cucuteño, hijo de don Benito Hernández Bustos, pamplonés, que fue ministro de varias cosas durante los gobiernos de A. López Pumarejo. Un viaje por carretera sin pavimentar, de eximios paisajes y todos los climas, pasando por Pamplona, Chitagá, Soatá y Tunja, del cual recuerdo tres cosas especiales:

Primera, las "sopas" o changua con bastante pan de agua pamplonés y huevos pocheados, que tomamos en una fonda a la salida de Pamplona. Segunda, la emotiva parada en la lápida que conmemoraba el sitio en donde don Benito había perecido en un accidente aéreo. Y tercera, la visita que hicimos con mi padre al Dr. Laureano Gómez, entonces recién regresado de su exilio y convaleciente, quien, a pesar de lo que me habían prevenido mis tíos y primos Colmenares y Cristo, me impresionó por su amabilidad, su sapiencia y su actualización en temas de ciencia y religión que yo creía que las personas de 78 años (nos mencionó su edad) ni siquiera conocían.

Yo tenía entonces 19 años y el viaje por la carretera nos tomó tres días en cada sentido, haciendo dos paradas, no recuerdo dónde.

Durante este viaje mi padre me contó que en 1927 todavía no existía la carretera sino el antiguo camino colonial y que él, en compañía de varios compañeros, tuvo que recorrerlo a mula para trasladarse de Pamplona a Bogotá a iniciar sus estudios de Medicina. Les daban de a revólver a cada uno por si las moscas, y salían en compañía de los arrieros en un viaje de una semana, tras lo cual llegaban a Girardot, en donde ya comenzaba la carretera hasta Bogotá. Solamente venían a vacaciones cada tres años.

Se me ha olvidado si me dijo cuando quedó terminada toda la carretera. Pero si se piensa que Don Tomás Cipriano la planeó en 1845, el general Reyes la vitalizó en 1916 y en 1927 todavía no estaba terminada, podemos hacernos una idea de que en ese entonces también los pobres funcionarios tenían grandes dificultades para completar sus promesas.

Me ha llamado mucho la atención que en una entrevista televisada que me enviaron, escuché decir al doctor Juan Manuel Santos que habían disminuido el tiempo de viaje Cúcuta-Pamplona a tres horas. Es una buena hazaña, pero habría que cambiar el término "disminuido" porque en 1948 yo iba con mis padres en hora 45 minutos y la última vez, en 1998, con mis hijos en hora y veinte minutos. Si costó cincuenta años disminuir en veinticinco minutos la duración del viaje, podemos imaginarnos lo que habrá costado aumentarle ciento treinta en solamente diez y nueve años.

El gobernador Vera de 1958 y su secretario Hernández culminaron con éxito las gestiones que habían motivado su viaje. Por ese entonces el Doctor Virgilio Barco Vargas era ministro de obras públicas y se portó de manera exquisita con todos nosotros además de facilitar en cuanto pudo, según me contó mi padre, las gestiones que ellos iban a llevar a cabo.

Creo interesante resaltar que mi padre era conservador y tanto el doctor Hernández como el doctor Barco eran liberales. Por cierto, aprovecho para registrar con gratitud el hecho de que el doctor Virgilio hubiera reinstalado la vía Medellín-Cúcuta por el Carare en lugar de la vuelta a que nos obligaban pasando por Bogotá. Disfruté, entre los ochenta y el dos mil, varias veces por año, esta encantadora carretera, en compañía de mi esposa e hijos.






Recopilado por: Gastón Bermúdez V.   

martes, 12 de diciembre de 2017

1231.- JOSE URBINA AMOROCHO



Carlos Eduardo Orduz


Grandes pensadores han sostenido que la mejor universidad son los libros hoy en día, y esta verdad, a pesar del desarrollo que modernamente han tenido las instituciones docentes, es en la actualidad más cierta que nunca.



Pero algo más profundo nos lleva a corroborar que la universidad excelente es la de la vida ya que lo que aprende por sí mismo el ser humano, lo que le exige un esfuerzo personal de búsqueda y asimilación, desarrollo y concreción de los ideales, los consigue en ella, como fuente perenne de inspiración.



Lo anterior como un prólogo del personaje de este relato, José Urbina Amorocho, pertenece a la generación de mitad de siglo donde con dificultades se podía ascender en el plano social por el estudio ya que las oportunidades para la provincia eran limitadas y era necesario hacerle frente a la vida desde temprana edad, y sólo los osados y con visión futurista ayudados con un poco de suerte, logra salir a flote y con grandes perspectivas económicas.



Lo vemos sobresalir en el ámbito comercial no sólo a nivel local sino que traspasa los límites departamentales y acrecienta su empresa en Santander, Arauca y parte de la costa.



Igualmente ve que la integración es factor de desarrollo y se ubica en Venezuela.



Su avance económico lo lleva a mirar hacia la URSS y así vemos que importa un jeep de la marca Was que con orgullo exhibe en su bodega de la calle 9 junto al majestuoso almacén y distribuidora de gas.



La radio transmite mensajes de rebaja de precios en la mercancía de su negocio por traslado del mismo, pero pocos saben o conocen que el motivo real es el construir el mejor centro comercial de la ciudad, según un informante indiscreto, ya están los planos y diseños listos ya que quiere darle a Cúcuta algo digno y como contraprestación a la urbe que lo proyectó a nivel nacional no sólo en el plano económico, sino también en lo político (se codea con los jerarcas del partido liberal de la capital del país) y en lo social de Colombia y Venezuela.



Sea esta la oportunidad para relevar su figura con mérito más que sobrado en nuestro medio, por el ascenso que hizo con base en su deseo de superación y por las metas alcanzadas en desarrollo de su acción positiva creyendo en sí, en sus capacidades.



Es bueno resaltar su creación de dos importantes empresas que realizan una labor en pro del civismo tan venido a menos en los últimos años, como son:



La Corporación para la Defensa de Cúcuta y la emisora Radio San José cuyos programas propenden por el mejoramiento de la comunidad.



Realiza mejoras de la redoma de San Luís, que estéticamente le da realce a nuestra querida ciudad.




Esta fotografía tomada en la Cancha Toto Hernández al parecer con ocasión de los actos del centenario del terremoto de Cúcuta en 1975, en la que aparecen algunos de los integrantes del comité que para tal efecto funcionó en la ciudad. En ella recordamos de izquierda a derecha a: Francisco Berrío Zafra, Nicolás Rangel Colmenares, Cicerón Flórez Moya, Mary Stapper Vargas, Luis Raúl Rodríguez Lamus, José Urbina Amorocho, Luis Vicente Serrano Silva, Alfonso Barrientos y Gustavo Rojas Pérez.





El ‘zar’ del gas  (Semana, 28 marzo 2007)



Al grueso de los colombianos, el nombre de José Urbina Amorocho no les dice nada, pero para los que están en el negocio del gas, es sinónimo de poder, inteligencia, astucia y emprendimiento. Este hombre, nacido en Arboledas, Norte de Santander, quien salió con su madre y su hermana a los 14 años por La Violencia y comenzó vendiendo clubes de lotería y otros productos para vivir, es considerado hoy día el 'zar' del gas en Colombia.

 

En pocas décadas José Urbina logró construir un grupo empresarial que hoy controla el 25 por ciento del negocio del gas en Colombia, especialmente el propano. La historia de este hombre, que siempre ha manejado un bajísimo perfil, es la que los productores de Hollywood siempre buscan para mostrar que, más que dinero, pedigree y herencia, lo que los hombres necesitan para construir sus sueños es inteligencia, astucia y tesón.


El primer paso para construir su grupo de empresas lo dio en 1960, cuando montó en el centro del Cúcuta el Almacén Olímpico, donde vendía electrodomésticos; al igual que cocinas, calentadores, lámparas y hornos a gas; muebles, máquinas de coser y bicicletas. La mayoría de las ventas se hacían a crédito.

En esos años el país comenzaba a experimentar el primer gran auge del gas. Si bien la industria petrolera nacional había arrancado en la década de 1920, el gas propano, uno de los derivados de este producto, sólo era usado en las casas de los empleados norteamericanos.


Lentamente su uso fue impulsado por Ecopetrol, pero vendido a través de un complejo sistema. Esto hacía que el gas escaseara continuamente, a pesar de que al otro lado de la frontera, en Venezuela, había de sobra. No eran tiempos de integración económica.


Para poder viabilizar su negocio de gasodomésticos, José Urbina creó en 1962 Urbigás, una pequeña distribuidora de gas propano que básicamente buscaba atender a los compradores de equipos de su almacén Olímpico. Tres años después, Germán Gavassa, presidente de Gas del Norte, la empresa más grande de Cúcuta, llamó a Urbina y le dijo que la junta directiva había tomado la decisión de vender y que él tenía la primera opción. "Me entusiasmé, me emocioné y me asusté, y les dije: 'Me están mamando gallo', porque no tenía cómo pagarles". Entonces don Germán me dijo: "me la va a pagar como a usted le gusta: se la vamos a cambiar por corotos", es decir, por electrodomésticos, gasodomésticos y muebles.






En una de las varias ocasiones que el expresidente Alfonso López Michelsen ha visitado a Cúcuta, encontramos esta fotografía de archivo que debe corresponder a los primeros años de la década del 70. En ella aparecen de izquierda a derecha: Rafael Mejía, Rafael Rincón Cabrales, Bernardo Ramírez Pineda, el doctor López Michelsen, Justo Pastor Castellanos, Luis A. Medina, Rodolfo Chacón, Nicolás Rangel, José Urbina Amorocho y Gustavo Buenahora, entre otros.


Fue gracias a ese cambalache que Urbina, sin saber en ese momento, había tomado una decisión que cambiaría su vida, la de meterse de lleno en el complejo mundo del gas. La situación económica de Gas del Norte no era fácil, pero este hombre, de entonces 34 años, lector incansable, especialmente de biografías, se vio obligado a jugarse el todo por el todo. Allí demostró que era un gran administrador, imaginativo y un jugador duro y arriesgado en los negocios.


Como era una época de desabastecimiento, Urbina logró que el gobierno aprobara traer gas de Venezuela. Fue así como la imagen de Gas del Norte y Urbigás recibió el apoyo de la empresa venezolana Tropigas C.A., subsidiaría de la Tropical Oil de Venezuela.


En pocos años Urbina consolidó un liderazgo en el mercado, a pesar de la dura competencia y los problemas de abastecimiento. Como ha sido un hombre de uniones, de trabajar en equipo, en septiembre de 1967 este hombre lideró la consolidación de la primera gran sociedad anónima de Cúcuta y Norte de Santander. Logró convencer a seis de las siete empresas de crear una sola: Nortesantandereana de Gas S. A. (Norgás). Más que dinero, Multigás, Gas Cúcuta, Gas del Norte, Avigás, Copergás y Urbigás aportaron sus cupos de gas asignados por Ecopetrol, sus clientes y sus activos. Esto hizo que Urbina quedara con el control de la empresa.


Tras consolidar el mercado en Cúcuta y Norte de Santander, a comienzos de los 70 Urbina saltó a Bucaramanga. Primero compró una participación en Marchagás y después adquirió Gas de Santander (Gasán), de propiedad de Armando Puyana, y así, repitiendo el mismo esquema, entró a Bogotá (Bogotana de Gas), Cartagena (Cartagás) y Cali (Colgás), entre otros.


Unidos a este crecimiento, Urbina empezó otros negocios. Uno de los más destacados, y que hoy es una importante empresa, es Cinsa S. A., creada en 1973 para producir cilindros de gas. Antes, el acero para su producción era traído desde Japón. En vista de que Venezuela empezó a producir un metal de igual calidad, Urbina decidió meterse en este negocio que hoy, frente a la política que comenzó este gobierno de reemplazar los seis millones de cilindros que hay en el país, está en su mejor momento. Otro negocio que tuvo por más de 10 años fue la distribución de vehículos UAZ, traídos de la Unión Soviética, en pago por la venta de café. Él cree que vendió 15.000 de estos rústicos camperos en el país.


Estas y otras incursiones, como la de construir vivienda de interés social, nunca han desviado a Urbina del gas. Si bien Norgás se había extendido a algunas ciudades y regiones, la puerta de entrada para llegar a buena parte del país le llegó por azar. Durante la campaña presidencial de 1982, Ernesto Samper, quien era el jefe de campaña de Alfonso López Michelsen, estuvo en Cúcuta. Allí, Samper le propuso hacer un mal negocio: comprarle el 17 por ciento que su tío, Arturo Samper, tenía en Colombiana de Gas, una empresa mixta que había sido la pionera de este negocio en el país y que era de mayoría de Ecopetrol, pero que en ese momento andaba en crisis.


A los pocos días Urbina compró las acciones a crédito y en corto tiempo logró elevar su participación al 31 por ciento y pasar, de uno, a dos puestos en la junta directiva. Con esta operación, Urbina tendría la puerta de ingreso, especialmente después del apagón, al negocio del gas natural que se distribuye por gasoductos. Eso sí, sin perder nunca de vista lo que ha sido su vida: el gas propano.


La llegada de Norgás y de Urbina a Colombiana de Gas le dio un renacer a la empresa, que le permitió consolidar algunas de las compañías en la que era socia o crear unas nuevas, como Invercolsa.


Con esa experiencia y el conocimiento en el negocio del gas, unidos a una sólida base empresarial, Norgás y José Urbina lograron convertirse en un jugador importante en la masificación del gas. Durante toda su vida, Urbina ha sido un abanderado de llevar este combustible a los estratos más populares. En los últimos años, Norgás y las empresas en la que tiene participación pusieron más de 800.000 créditos, por una cifra cercana a los 200 millones de dólares, para financiar el acceso de personas de escasos recursos al gas. De hecho, en la actualidad Colombia es uno de los países que mayor cobertura de gas domiciliario tienen en Latinoamérica, lo que significa que millones de colombianos cambiaron el cocinol, el carbón y la leña como fuente energética para cocinar.


Urbina creó un grupo empresarial en la que es dueño de varias empresas o en las que tiene participaciones accionarias. Si se consolidaran todas en una sola, tendría un lugar importante dentro de las 1.000 empresas. Colgás de Occidente, una de sus empresas más importantes, tuvo ingresos brutos por 67.023 millones de pesos el año pasado.


A pesar de manejar hoy el 25 por ciento del negocio del gas propano en Colombia, que mueve unos 950.000 millones de pesos, de generar 1.500 empleos directos y 10.000 indirectos, más de 1.300 puntos y una compleja y extensa red, José Urbina vive una coyuntura compleja, similar a la que debió afrontar al comienzo de su negocio, hace 50 años. La proliferación de empresas y distribuidores, el contrabando del gas de Venezuela y la falta de reglas claras por parte del gobierno están haciendo que el sector gas viva un ambiente inestable.


El gas es el combustible del presente y el futuro del país, pero se requiere que en el propano se consolide un sector de pocas empresas, tal y como ocurre en el gas natural domiciliario, que permitan mejorar la calidad del servicio y su penetración en el campo y en los pueblos más alejados y pobres del país.


A sus 72 años, Urbina sigue pensando en cómo agrupar, tal y como lo hizo hace casi 40 años, las compañías de gas más importantes del país en una sola, para demostrar que los colombianos aún pueden crear y mantener las empresas insignes en su poder.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.